La voz de mi padre

Hace muchos años, cuando era mucho más joven y tenía poca experiencia como docente, mi padre, en aquel entonces también docente, me dio un consejo. Para sus consejos, mi padre usaba esa voz tan típica, tan suya; era un sonido al que el interlocutor no podía escapar, como el zumbido de una autopista al fondo, como ese mosquito que te molesta por la noche. Oía esa voz ahora, alto, más alto que deseaba, pregonando justamente ese consejo tan ridículo, y tan ofensivo para sus exalumnos. 
Entretanto, mi abogado seguía hablando.
“Sí,” dijo, “¿me estás escuchando?”
“Perdón,” reaccioné, “estaba pensando en otra cosa.”
“Bueno, entonces,” el abogado retomó su relato, “es tu historia contra la de ese estudiante. Lo veo muy difícil.” 
Después de una breve pausa continuó hablando: “Sabes muy bien cómo se ven hoy en día estas situaciones. Profesor, alumno, relaciones de poder, comportamiento transgreso, inaceptable. Y con un chico.” 
“Pero no pasó nada,” dije, “nada, absolutamente nada.” 
Era un eco, era la voz de mi padre después de que él había hablado con mi madre sobre lo que se decía en el colegio, sobre él, sobre sus alumnos, sobre cosas que habían pasado entre él y sus alumnos, cosas que mi madre ya sabía, claro, cosas que sabía todo el pueblo, cosas que él desmentía – pero que al final causaron que perdiera su trabajo. ¿Fue por eso que me dio ese consejo? ¿Quiso protegerme? ¿Evitar que a mí me pasara lo mismo que a él?
“Ese chico dice que tú lo tocaste y le hiciste una propuesta poco normal,” dijo el abogado.
“¿Que lo toqué? Fueron unos golpecitos en la espalda, si no recuerdo mal. ¿Eso es inaceptable hoy en día? ¡Por favor!”
En mi mente volví a ese día, a esa situación. Estaba solo en el aula, con él, ese alumno que tenía varias preguntas. La puerta que daba al pasillo estaba cerrada, no había nadie en el patio de recreo. Después de la última clase comentábamos juntos su examen, lo había hecho muy mal, había sacado 3,5. Quería que le subiera la nota, pero no había base para cambio alguno. ¿Y en esa situación lo habría tocado? Sí, lo había tocado – ¿espalda?, o ¿hombro, brazo, mano? – cuando le dije que podría compensar su suspenso con otra prueba, un test bastante fácil de literatura que tenía que hacer todo el grupo en dos semanas.   
“¿Y esa propuesta de la que habla el chico, cómo lo ves?” me preguntó el abogado.
“Pues, le propuse que podía ayudarlo con las preparaciones para ese examen de literatura,” dije, “que podríamos reunirnos para comentar ciertos aspectos difíciles del libro que tienen que leer.” 
“Reunirnos …,” dijo el abogado, “eso era un poco diferente según el chico, no era para comentar ese libro, sino para …”
El abogado consultó sus papeles y empezó a citar de la declaración del alumno.
“El profe dijo que podía subir mi nota de otra forma, podíamos vernos fuera del colegio, después de la clase. Y puso su mano en mi pierna y me acarició.”
El abogado se calló y me miró.   
Respiré profundo y miré hacia otro lado
“No es una buena idea que un docente se quede solo con un alumno después de la clase, sin otros chicos en el aula,” dijo el abogado.
“No, papá,” dije, “usted debería saberlo.”
El abogado me dirigió una mirada de asombro.
“¿Papá?” dijo.
Se echó a reír. Me asusté, y estúpidamente lo acompañé en la risa.
“De todas formas,” dijo, “el juicio es el 18, las perspectivas son poco prometedoras.”

Guillermo Llanta

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