Juan de Castellanos y Guillermo Llanta en Aruba

Los géneros literarios que se desarrollan en América después de la llegada de Colón y sus huestes son copias de los géneros populares en el Viejo Continente. Sin embargo, no son copias sin más. En la poesía, tanto en la lírica como en la épica, se ve el origen europeo, pero siempre hay un tono propio. El género épico, la narración en verso, que tiene gran prestigio en la Europa del siglo XVI, nace en el Nuevo Mundo con autores españoles que tienen en las hazañas de los conquistadores y el escenario de América unas fuentes de inspiración casi inagotables. La poesía épica refleja el asombro del conquistador frente a las maravillas del mundo recién descubierto.
El primer poema épico escrito sobre América Latina y uno de los más conocidos es La araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga (1533-1594), que trata de la conquista de Chile y la guerra de los españoles contra los mapuches. Sin embargo, el ejemplo máximo de la épica americana es otra obra: Elegías de varones ilustres de Indias, escrito por Juan de Castellanos (1521-1607), un sevillano que llega al Nuevo Mundo a los 17 años y que nunca vuelve a España. Este poema épico es el más largo de la literatura castellana y uno de los más extensos del mundo; consta de 113.600 versos divididos en 52 cantos. Castellanos usó el verso endecasílabo y la composición itálica de octavas, es decir, cada estrofa de la obra consta de ocho versos de once sílabas; el esquema de rima es ABABABCC. La obra relata las hazañas de los más importantes conquistadores españoles y termina con las desventuras amazónicas de Lope de Aguirre. Castellanos describe en particular la Nueva Granada, la actual Colombia, donde llega a los 22 años de edad y donde es soldado, buscador de oro y cura, primero en Cartagena y Riohacha, y desde el año 1568 en Tunja.
Siempre ha sido difícil clasificar a Juan de Castellanos: para los poetas era historiador, para los historiadores, poeta. En su ensayo Las auroras de sangre (1999), el autor colombiano William Ospina no opina al respecto; es simplemente una cuestión que no le interesa. Escribe lo siguiente: “Es por su antigüedad la segunda gran crónica general de la Conquista después de la de Fernández de Oviedo, pero es además el primer poema verdaderamente americana de la historia escrito en lengua castellana, mucha más que una crónica en verso y mucho más que un relato histórico, un esfuerzo desmedido y afortunado por aprehender a América en el lenguaje y nombrarla por primera vez” (p. 72).
Para Ospina no hay ninguna duda sobre la importancia de la obra de Castellanos, es simplemente una de las obras más importantes y bellas de la literatura latinoamericana. Castellanos canta la Conquista con una voz realmente americana, mientras que Ercilla, cuya obra es mucho más conocida que el texto de Castellanos, escribió más bien un poema de corte clásico, un poema que se esforzaba por no ser americano. Sus héroes se parecen más a héroes virgilianos que a indígenas chilenos. Ercilla es un autor español y su poesía no es poesía americana; es poesía española inspirada en América. Castellanos, en cambio, es el primer poeta verdaderamente americano que tuvo la lengua castellana; un hombre que desde el comienzo se siente americano y como tal construyó un monumento impresionante para ese mundo desconocido y casi mágico.
Castellanos tenía suficiente educación para escribir un texto literario, pero afortunadamente no era un letrado de la corte. Combinaba un tono propio con la típica sensibilidad renacentista y una percepción delicada. Para Ospina, la obra tiene la doble virtud de vastedad y minuciosidad. Añade: “tal vez sólo puede ser descrita con una frase de El Aleph: ‘Vi convexos desiertos ecuatoriales, y cada uno de sus granos de arena’” (p. 82). En general, el lenguaje de Castellanos es sencillo y natural, es el lenguaje coloquial de esa época. Narra reposada y eficientemente y prescinde de ornamentos.
Inicialmente, Castellanos pasó cierto tiempo en Puerto Rico. Después, antes de llegar a la Nueva Granada, visitó varias islas en el Caribe, entre otras Aruba, Bonaire y Curazao, las tres ‘islas inútiles’ que conquistaron los españoles alrededor del año 1500. No se sabe cuánto tiempo Castellanos pasó en nuestras islas; sí sabemos que fue huésped de Lázaro Bejarano, uno de los funcionarios españoles en la isla de Curazao. De todas formas, pasó suficiente tiempo aquí para tener una idea muy idílica de las islas y dedicar dieciocho estrofas a ellas. Según Castellanos, los habitantes de las tres islas son en general elegantes, grandes, bien formados y sobre todo las mujeres son muy guapas; no les gusta la guerra, son buenos pescadores, diestros arqueros y hablan la lengua indígena caquetío. 

He aquí un ejemplo de una de las estrofas que Castellanos dedica a las islas: 

De la costa del mar que represento,
hasta tres leguas estarán distantes;
las gentes que las tienen por asiento
son mucho más que otras elegantes,
y tanto que por otro nombramiento
les llamaban las islas de Gigantes,
por ser en general de su cosecha
gente de grandes miembros y bien hecha.

A continuación, presentamos cuatro estrofas de Guillermo Llanta, quien gracias a una máquina del tiempo viajó como intruso junto a Juan de Castellanos a Aruba y al llegar allá también intentó escribir algo. Según la teoría, existen un total de veintiocho tipos de endecasílabos tradicionales posibles, pero es evidente que Llanta no estudió nunca los ejemplos clásicos del Renacimiento europeo y no poseía el mismo talento que Juan de Castellanos. Sin embargo, hemos decidido publicar estas estrofas malogradas suyas de todos modos. 

Ante la costa arrecifes había
como defensa natural de la isla.
Parecía que Dios mismo no quería  
que conociéramos bien esta tierra.
Manejando el barco con valentía
llegamos donde se desembocaba
un río, que entramos río arriba
entrando así en la isla de Aruba
.   

Yendo arriba sigilos veíamos
unos bellos gigantes observando
y a lo lejos gritos oíamos
como si estuvieran matando.
Un peligro enorme sentíamos
cuando ellos venían acercando.
Pero era muy dulce y suave la voz
del hombre más hermoso entre ellos. 

Después de unas horas de caminar
llegamos todos a un lugar sagrado.
Era una cueva fácil para entrar
en la que ellos habían pintado
unos dibujos bonitos de observar
hechos todos con motivos sagrados.
El jefe no hablaba nuestra lengua,
yo no entendía lo que explicaba.
 

Al final de este día primero
en su pueblo pequeño entramos.
Nos prepararon un pescado ligero
y tras la comida todos bailamos.
Era muy popular el forastero
y con sonido de concha gozamos.
Tras unas danzas el fuego apagose
y todo el grupo muy feliz acostose.
   

Guillermo Llanta

Referencia
Ospina, William (1999; 2007). Las auroras de sangre. Bogotá: Editorial Norma, S.A. 2ª ed. 

Juan de Castellanos

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